Plas, plas, plas. Este es el sonido de mis aplausos de pie cuando termina la película «En realidad, nunca estuviste aquí», dirigida por una para mí, desconocida, Lynne Ramsay. Tengo los labios entumecidos a causa de la ingente cantidad de pipas enormes y saladas con las que he acompañado el thriller en cuestión. En realidad, esta escena nunca sucedió (salvo lo de las pipas), pero es mi manera de expresar mi hastío por ese tipo de escenas que, al final, resultan ser algo así como un efímero sueño. Pese a que es un artificio ideal para el cine, cada vez que me topo con una me entra un oleada de frustración y desengaño. 

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No obstante, sería injusto cargar contra una película por este tipo de recursos. «En realidad, nunca estuviste allí» no abusa de ello y, en cierta forma, hasta se entiende su uso. ¡Pero basta ya, amigos cineastas! 

En el lado opuesto a mi rabieta, se encuentra las buenas sensaciones que desprende la historia. Antes de escribir este pequeño comentario, me di un paseo por IMDB con objeto de copiar sin descaro alguna valoración maravillosa. Sin embargo, para mi sorpresa, me he trastabillado con usuarios sin foto de perfil que se atreven a afirmar que la peli es soporífera, que no pasa nada, que no hay acción y que es predecible. Calificación 1 de 10. ¡Insensatos!

Entonces caí en la cuenta de que esta película no es para aquellos que esperan una especie de Jungla de cristal, o algo de Bourne, es decir, una ensalada de tiros y patadas voladoras. «En realidad, nunca estuviste aquí» es para aquellos que conocen la esencia del género negro y que disfrutan con el hombre contra la máquina despiadada. Que se emocionan con la incertidumbre de la investigación, y con el realismo sucio de un detective oscuro e implacable. 

Un moderno detective del thriller

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A mi juicio, Phoenix no hubiera aceptado el papel sin el trauma del personaje. Su cara, esa entrañable vulnerabilidad, se ajusta como un dedo al gatillo de una pistola. En realidad, la película es la reacción de Joe, el protagonista, a los acontecimientos infernales que se van sucediendo con objeto de encontrar a la hija de un senador, Nina.

Ella representa la vida, el día luminoso que Joe persigue para librarse de sus demonios mentales. Por eso se mantiene pertinaz en su rescate, porque ella es su salida, su soplo de esperanza. Y para que triunfe el bien, siempre hay un daño colateral, un alto precio que pagar cuando uno se sacude el pasado y el presente mediante la sangre, y echa la mirada hacia el futuro.  

«En realidad, nunca estuviste allí», es una de los mejores thrillers del año pasado. Si piensas lo contrario, manifiéstate. 

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